Uno se compra un mapa. Lo cuelga en la pared. Lo mira cada noche, antes de dormir, cuando la casa se vuelve un lugar ajeno. Cree que en algún punto de ese papel está lo que le falta. Aprende nombres. Calcula distancias. Se imagina llegando. Se imagina, incluso, la luz de esa hora. Después, un día, lo descuelga. Lo dobla con cuidado, como si guardara una carta que no se atreve a leer. Lo guarda en un cajón. No porque haya ido, sino porque comprende que no hay ningún lugar que encontrar. Hay, en cambio, alguien que ser. Ese alguien es él. Se queda quieto. Ya no espera nada. Poco a poco, el mapa va quedando debajo de otras cosas.
domingo, 11 de octubre de 2026
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