Las reglas cotidianas son un invento para hacer que la vida resulte predecible. Uno se levanta a una hora prefijada, pronuncia ciertas palabras, come con determinados cubiertos, elige un carril en la autopista. Todo parece claro. Pero no es más que un papel pintado. En el fondo, el mundo no funciona así. Las horas se estiran o se encogen. Las palabras mudan de sentido según quien las diga. La cortesía es un disfraz; la justicia, un capricho. Es posible pasar la vida entera queriendo ordenar el caos, hasta que se comprende que el caos es el orden verdadero. Y que las únicas normas ciertas son las que uno mismo se inventa mientras camina. Crecer es eso: dejar de exigirle al mundo que tenga sentido y, aun así, seguir adelante.
sábado, 15 de agosto de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LOS MEJORES DÍAS
Los cuerpos salen temprano de sus casas y se integran a una coreografía que nadie ensayó, pero todos conocen. Las oficinas abren. El ca...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Un hombre cruza la calle. Lleva las manos en los bolsillos y camina como si ya supiera adónde va. En la esquina, una mujer espera el c...
-
Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario