Vivimos en una época marcada por una falta. No un defecto: una falta. Algo que no está y que, sin embargo, nos sostiene. Es eso que se siente un domingo a la tarde, cuando no hay nada que hacer y el silencio inquieta. Antes, ese rato era nuestro. Ahora el teléfono viene a buscarnos: una oferta, una distracción, cualquier cosa antes que el silencio. Durante un tiempo, supimos vivir con eso. Decir no era una forma de estar vivos. Negar lo que nos daban, correrse, abrir un lugar donde elegir. La falta no dolía. Era nuestra. Después, alguien decidió que eso no se aguantaba. Que había que llenarlo. Y ahí empezó todo: la promesa de que lo que viene nos va a completar. No completa nada. Pero mientras tanto se compra. Y se compra otra vez. El truco es simple: cuanto más se llena, más grande se hace el hueco. Y más culpable el que no puede pagarlo. Una sociedad saturada, agotada, mirando vidrieras como quien reza. Todo disponible, todo a mano, todo al instante. Y en medio de tanta oferta, cada vez menos ganas de mirarnos. Pero hay un movimiento posible. Chiquito. Casi nada. No comprar. No creer. No llenar. Y en ese no, apenas, volvemos a hacerle lugar a eso que nos falta.
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