Las estrellas que veíamos de chicos bien pondrían haber estado muertas. No lo sabíamos. La luz que nos hacía levantar la cabeza había salido siglos antes, de un lugar que para cuando nosotros nacimos quizás ya no existía. Uno se pasa la vida mirando otra cosa. Y lo que ve, casi siempre, es un pasado que llega tarde. La juventud prometía que amar alcanzaba. Después llega esta edad, que no es una corona: es un cuarto frío a las cuatro de la mañana, y uno entiende que las ilusiones no se cumplieron del todo. Se gastaron. Estamos solos. Siempre lo estuvimos. Las manos que estrechamos son hermosas, pero no son salvavidas. Son barcos que pasan. Y en esta soledad de ahora, cuando el tiempo se disuelve, no hay castigo. Hay una paz rara, de saber que nada es para siempre, y que por eso cada instante vale. El vacío no es el enemigo. Es el silencio después de la música. Escucharlo, por fin, sin miedo, es la última forma de estar vivo.
lunes, 28 de septiembre de 2026
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SOLOS
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