miércoles, 31 de diciembre de 2025

DESENREDAR

     El amor no es ponerse en el lugar del otro. Eso es fácil. Es quedarse en tu lugar, y ver al otro en el suyo. Y que esa vista, clara, te guste. No es "sentir lo mismo". Es aceptar que no van a sentir lo mismo nunca. Que hay una parte del otro a la que no vas a entrar. Y no insistir. Es como dos árboles. Crecen juntos, a veces tocan sus ramas. Pero cada uno tiene sus propias raíces. El buen amor no enreda las raíces. Sabe que si lo hacés, los dos se ahogan. Los deja ser. Los riega, pero por separado. La gente cree que amar es entenderlo todo del otro. No. Es respetar lo que no entendés. Es no exigir explicaciones para lo que es, simplemente, él o ella. Es no convertir al otro en algo tuyo. Dejarlo ser una persona aparte. Si no hay distancia, no hay amor. Hay miedo. Hay necesidad. Hay un intercambio. El amor verdadero empieza donde termina tu poder sobre el otro. En ese borde preciso. Y ahí, recién ahí, se puede construir algo que no sea una cárcel.





martes, 30 de diciembre de 2025

DOS BANDOS

     Dos bandos. Uno a cada lado. En el medio, un único objetivo. Algo que ambos quieren, pero que sólo uno podrá tener. Por eso se concentran, listos para moverse. Todo su mundo se reduce a ese espacio, a esa posibilidad. Un observador los mira desde afuera. No encuentra el sentido, sólo el esfuerzo. Dice en voz alta: "Esto es una estupidez". Sus palabras, al mismo tiempo, llegan hasta los miembros de ambos grupos. Y entonces ocurre algo llamativo. Por un instante, dejan de ser rivales. Se convierten en un frente común. No es una alianza. Es un acto reflejo. Alguien ha intentado quitar valor a algo que para ellos vale mucho. No es que defiendan la contienda. Defienden la importancia que ellos le dieron. La fe está en juego. Luego, todo sigue igual. Pero el secreto ya se ha revelado. La verdad de ese enfrentamiento no era ganar. Era la capacidad de ambos bandos de crear, juntos, una razón perfecta para existir mutuamente. Ese pacto tácito, esa razón compartida, es lo único que perdura cuando se apagan las luces. 




domingo, 28 de diciembre de 2025

NADA ADENTRO

     Vivimos conectados a todo, excepto a nosotros mismos. Hemos creado redes que nos unen y nos vacían al mismo tiempo. El progreso nos dio pantallas luminosas y corazones achatados. Lo moral se volvió una opción de menú. Lo humano, un dato a optimizar. Aceptamos todo, sin filtro, y así dejamos de sentir. El dolor ajeno es ahora un contenido que se desliza y desaparece. Cambiamos la profundidad por la velocidad. Hemos confundido estar conectados con estar vivos. Construimos un mundo de máxima visibilidad y mínima intimidad. Ya no hay adentro. Sólo hay afuera. Un exterior perfecto, brillante, vacío. No sentimos nada adentro. La belleza no está en lo intrincado. Está en la pausa que no se comparte. En la mano que no busca un like. En la palabra que no se calcula. La disyuntiva es esta: Podemos seguir habitando el brillo superficial, o apagar el ruido y escuchar, por fin, el silencio que hemos llenado de nada. Ahí, en ese silencio, está todo lo que perdimos. O aprendemos a habitar nuestro vacío, o seremos, para siempre, el eco de nadie.




viernes, 26 de diciembre de 2025

TODO DEBE TERMINAR

     Todo lo que comienza tiene un final. No es una tragedia: es la ley. La flor que se marchita, la luz que se retira, la conversación que termina. También mi propio dolor. Lo que perdí creía que era para siempre. No lo era. Era un dibujo en la arena. La marea llegó. El amanecer no dura todo el día. Tampoco la noche. Ahora nos dicen lo contrario. Que podemos tenerlo todo, acumular sin fin, vivir sin pausas. Es una mentira que pesa. Nos cansa. Nos hace creer que detenerse es fracasar. Pero sin final, no hay sentido. Tropezar no es malo. Es aprender. El cuerpo que cae y se levanta es el mejor maestro. No se aprende para tener más, sino para ver mejor. Aceptar no es rendirse. Es ver el dibujo en la arena y encontrar belleza en saber que el mar lo reclamará. Es querer, sabiendo que no durará. De ahí nace la verdadera fuerza: no en ser piedra, sino en ser como la luz que cambia. La esperanza es sólo esto: la certeza tranquila de que nada permanece. Lo malo no es eterno. Lo bueno, tampoco. Todo debe terminar. Por eso el instante importa. No porque dure, sino porque es. Basta con mirar. Ver caer la tarde. Y confiar, en la oscuridad, en el mecanismo exacto del nuevo día.




ABSOLUTAMENTE NADA

     Vivo en la tercera casa de la calle, la última antes de que el asfalto se rinda. Mi jardín es una extensión de pastos altos y yuyos: no los corto. Prefiero su altura salvaje, su desobediencia. La casa tiene cuatro habitaciones. Yo uso una. Las otras tres custodian el aire inmóvil de las cosas que ya no sirven. Por las mañanas, el sol ingresa por la ventana de la cocina. Me siento allí. Caliento agua. Es suficiente. A veces, los pibes del pueblo pasan con sus motos. El ruido llega hasta aquí, se estrella contra la fachada y luego se desvanece. No los conozco. No los quiero conocer. Su alegría es un lenguaje extranjero, tosco. Yo tengo mis libros. Tengo el crujido de la madera en los techos cuando cae la temperatura. No es silencio: es una resonancia íntima. Hay quienes dicen que una vida necesita de otros para ser cierta. Ellos viven atados a un espejo, buscando un reflejo que los convenza de su propia existencia. Yo he encontrado un método más simple. Existo en la certeza de que cada noche, al apagar la lámpara, la oscuridad que me recibe es la misma de la noche anterior, fiel y sin preguntas. No estoy solo. La soledad es un fantasma para quienes temen su propia compañía. Yo he hecho las paces con la mía. Le he dado horarios. Es una presencia tranquila, como la de un gato que duerme siempre en el mismo lugar. No exige nada. No promete nada. Encuentro allí una especie de verdad que no se mancha con conversaciones triviales ni con afectos que exigen pedazos de tu tiempo a cambio de migajas de atención. Anoche, sin embargo, al cerrar la ventana, vi mi mano sobre el picaporte. Una mano vieja, las venas como ríos azules bajo la piel. La observé un instante, como si perteneciera a otro. Y por un latido, sólo por un latido, deseé que otra mano viniera a cubrirla. No por consuelo. Sólo para confirmar su realidad. Luego pasó. Abrí la ventana de nuevo. Respiré el aire de la noche hasta que me llenó por completo. Soy un hombre afortunado. Vivo sin dueños. Mi corazón es una habitación ordenada, donde nada se pierde porque casi nada entra. La felicidad, pienso, no es la acumulación de presencias. Es el arte supremo de prescindir. La eliminación meticulosa de todo lo que sobra. Y aquí, en esta casa al final del camino, no sobra nada. Absolutamente nada.





jueves, 25 de diciembre de 2025

LA MAGIA

     Era una noche de diciembre, cálida. Sobre la mesa, un mantel blanco. Una botella vacía. La luz entraba desde la calle. Sonó el timbre. No había nadie. Sólo un sobre pegado a la puerta. Dentro, una fotografía. Un grupo de personas sentadas bajo un árbol, en el pasto. Al dorso, escrito con birome: "24 de diciembre de 1988". La dejé sobre el mantel blanco. Olía a tierra recién regada. A jazmín. Había silencio. Miré la silla de caño. Estaba vacía. Por un instante, tuve la sensación exacta de que alguien acababa de levantarse de ella. Eso era todo. Otras navidades me parecían, ahora, apenas recuerdos confusos. Esto era concreto: el papel, la fecha. Y la certeza. La magia es el espacio que deja lo que nunca llegó a pasar. Salí a caminar. Llevaba la fotografía en el bolsillo. El almacén de la esquina estaba abierto. Era la única puerta iluminada en el barrio. Compré unas pastillas de menta. Puse una en mi boca. El frescor repentino trajo, completa, una escena: una mesa larga en un jardín, voces. Un recuerdo que no era mío. Claro y redondo como una verdad. Ahí lo entendí. La magia no es lo que uno vivió. Es la memoria de otro que, por un momento, late dentro de uno. Guardé la fotografía. Regresé. El cielo empezaba a clarear. A la mañana, la fotografía seguía sobre la mesa. Los rostros me eran desconocidos. Mi boca aún sentía el sabor a la menta. La tomé. La apoyé contra el vidrio de la ventana. Allí se quedó, sostenida por la luz del día. La Navidad es eso. Una imagen que alguien olvida en tus manos. La levantás contra el sol y, por un segundo, la luz la atraviesa y vos estás dentro.




miércoles, 24 de diciembre de 2025

LÍNEA RECTA

     Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simple. Una línea. Que la idea en la mente encuentre su palabra exacta. Y que esa palabra sea el único mapa para la acción. Nada más. Es la geometría elemental de un hombre entero. La línea: pensamiento, palabra, hecho. Cuando eso ocurre, un espacio se calma alrededor. Los otros respiran distinto. Ya no necesitan descifrar señales, ni adivinar intenciones. Ven la coherencia y reconocen, sin nombrarlo, un terreno firme. Alineado. Es un regalo que les das. La posibilidad de confiar. Así se construye la integridad. No con actos altisonantes, sino con la fidelidad silenciosa a tu propia palabra. Sos, en definitiva, quien decís ser. Hacés lo que anunciás. Eso es la dignidad: no traicionarte. Y en esa coherencia, los demás encuentran un lugar donde apoyarse. Esa es la confianza. Nace de lo simple. De la línea recta.




martes, 23 de diciembre de 2025

VISIBLE

     El que siente mucho actúa como un faro. Pasa el tiempo encendido para otros. Ilumina la costa para los barcos. Les marca las rocas, les da un punto fijo en la oscuridad. Ellos pasan, usan su luz, siguen su viaje. Nadie mira la estructura de cemento. Nadie piensa quién cambia la lámpara. El faro cumple su función. Sigue girando su haz de luz. Pero la sal corroe su metal. El viento desgasta su pintura. Por dentro, queda sólo el humo de tanto arder. Nadie lo ve. Llega un día en que el mecanismo, sencillamente, se para. No se rompe. Se detiene. La luz se apaga. Hay un instante de oscuridad total, pura. Los barcos, allá lejos, se confunden. No entienden el abandono. Buscan en vano el guía habitual. El faro no hace nada. Se queda quieto en su roca. Ya no gira. Ya no aporta nada. Mira la noche, sin ofrecerle nada. Y en ese no hacer, por primera vez, siente el frío del mar en su propia piel. La luna bañando su silueta. El peso exacto de su propia estructura sobre la tierra. Ahora la oscuridad es suya. El silencio es suyo. La roca que lo sostiene es suya. Ya no es una señal para otros. Es, al fin, algo en el mundo.




lunes, 22 de diciembre de 2025

EL BOTÓN DE NAVIDAD

     Hay un instante, en diciembre, en que la mano de un adulto oprime un botón. Se enciende una luz, surge un sonido. Algo despierta y cumple su función, exacta. No es el objeto. Es lo que revela: un mundo que obedece. La Navidad es ese permiso. La licencia para creer, otra vez, en la pura relación entre una conducta y su consecuencia. Entre dar una orden y verla cumplirse. Un circuito sin fallas. Luego, se agotan las pilas. La magia se evapora. Vuelve el mundo real, ese lugar donde los actos se pierden y nada responde como esperamos. Pero por un día hubo un botón. Y al presionarlo, todo funcionó. Un día para volver a ser la causa, y no el efecto.




domingo, 21 de diciembre de 2025

A SALVO

     Hay una habitación. Es pequeña. Tiene una ventana. No es gran cosa, pero su puerta cierra. Dentro, el ruido del mundo se convierte en un sonido apagado, y luego, en nada. Ese silencio, ese vacío, es justo lo que nos venden empaquetado. Se comercia con la promesa de calma. El mercado odia el vacío auténtico. Le tiene miedo. Porque en ese vacío, el que no se compra, podría crecer algo que no tenga precio: un pensamiento propio, un hastío fértil, un simple estar sin propósito de consumo. Defender ese lugar no es escapar. No es miedo. Es una revolución. Es demarcar un límite. Es decir: acá, yo respiro sin que me midan el aire. Acá, el silencio no es algo que haya que justificar. No es un vacío que llenar, sino un espacio que habitar. Es el lujo final: estar con uno mismo, sin disfraz, sin rendir cuentas a nadie. Eso no se compra ni con "MasterCard". El hogar, así, deja de ser sólo cuatro paredes. Se vuelve una frontera. Del otro lado, la vida social, el intercambio necesario, el ruido hermoso de los demás. De este lado, la posibilidad de ser. Un bastión, sí, pero no contra las personas. Contra la maquinaria que nos convierte en cosas, en meros espectadores de nuestras propias vidas. Contra la urgencia que nos dice que el valor está sólo en lo que se produce, se muestra, se vende. Se nos ha hecho creer que estar a solas es estar vacío. Que el silencio es una falla. Hemos aceptado un pacto perverso: entregar cada rincón de nuestra atención a cambio de pertenecer. Estúpidos pero entretenidos. Hemos confundido conexión con saturación. Pero hay una forma de ser que sólo florece lejos de las miradas. Una identidad que no se construye para ser vista, sino para ser vivida. Esa es la identidad que ni "Mercado Libre" puede empaquetar. Por eso reclamo esa habitación. No para romantizar la soledad, sino para practicar la libertad más básica: la de existir sin testigos. La de pensar sin que el pensamiento se convierta inmediatamente en contenido. La de dejar que las horas pasen sin la angustia de llenarlas. El capitalismo contemporáneo no tolera el vacío. Lo persigue. Lo pinta de colores, lo llena de jingles, le pone un logotipo. Convierte el silencio en un producto de lujo, algo que se vende en retiros carísimos. Pero el silencio verdadero no se compra. Se defiende. Se guarda detrás de una puerta ordinaria. Entre paredes con manchas de humedad. Un lugar donde poder escuchar, no el ruido del mundo, sino el sonido propio de estar vivo. Un espacio mínimo e innegociable, donde el tiempo no es dinero, sino simplemente tiempo. Y donde uno puede, por fin, dejar de actuar. Esa es la revolución silenciosa. No se grita en las plazas. Se vive tras una ventana. Se gana cada vez que apagamos el ruido y nos quedamos a solas con el hecho simple, contundente, de existir. Sin culpa. Sin espectáculo. A salvo.




LUZ ADECUADA

     Imaginate vivir cuarenta o cincuenta años sin saber cómo se ve tu sombra al sol de la mañana. La única sombra que conocés es la de la tarde: larga, deforme, cansada. Te acostumbraste a esa forma. Creés que es la correcta, la real. La que dibuja fielmente tu figura en el mundo. Un mediodía de verano, caminando, la ves por primera vez: pequeña, compacta, un lunar oscuro y perfecto, pegada a tus pies. No se parece en nada a la estela alargada que te acompaña al atardecer. No es un engaño. Es una verdad. Esa mancha oscura no es tu sombra. Es sólo la que hace el cuerpo cuando la luz cae desde arriba. No el cuerpo. La mirás. Y entendés que sólo en la posición exacta, bajo la luz adecuada, o ante los ojos precisos, revelamos la forma más pura de lo que somos. El resto del día, sólo proyectamos versiones extendidas y débiles de nosotros mismos.






sábado, 20 de diciembre de 2025

TRAJE AJENO

     La transformación fue lenta, casi imperceptible. Terminó por hacer caer un traje ajeno. Mañana tras mañana, el mismo movimiento. Un brazo, luego el otro. Abotonar. Ajustar. Pero, con el tiempo, el traje cambió. Distintos botones. Un nuevo corte. Otro calzado. Día a día, sin ruido. No era buscar. Era soltar lo que no servía. Como quitarse un abrigo pesado una tarde de diciembre. Un día, se miró. No vio al hombre de antes. Tampoco vio a otro hombre. Vio el lugar vacío que dejó el peso. La luz sobre la piel. El aire, al fin, moviéndose. La identidad no se encuentra. Se muestra en el espacio libre que deja lo que ya no es.




viernes, 19 de diciembre de 2025

EQUIPAJE

     Cada cual lleva una mochila. Dentro, un libro. Alguien lo puso ahí: en la infancia, en la tribu, en el aire espeso de una época. Uno lo recibe y, con los años, acaba por confundir su contenido con la voz propia. De modo que, al encontrarnos, no nos miramos. Citamos nuestro libro. Leemos en voz alta. Corregimos la cita del otro. Es un duelo de citas. No una conversación. ¡Que hermoso sería poder simplemente hablar! Pero hablar sería dejar la mochila a un lado. Quedar libre de peso. Tener los brazos disponibles. Recobrar la vertical perfecta. Las manos libres. Poder señalar algo que ambos vean: un banco, un farol, el cielo. Sin la urgencia de interpretarlo. Ese es el acto olvidado. La pausa voluntaria. El silencio compartido que antecede a la palabra. Hoy sólo intercambiamos certezas prestadas. Es un mercado ruidoso. Nadie compra, nadie vende. Sólo acumulamos gritos que no nos pertenecen. La salida es simple. Tan simple que duele. Soltar la mochila. No para siempre. Sólo el tiempo de un respiro, de una mirada, de una frase que nazca de nosotros y no de páginas ajenas. En ese gesto mínimo reside el principio. Liberarse del peso. Y del cansancio que el peso provoca.



jueves, 18 de diciembre de 2025

EL SONIDO QUE BORRA

     El mar no es una metáfora. Es una terapia de borrado. Llegás. Te parás frente a él. Primero lo escuchás. Es un sonido continuo que no viene de un punto, sino de todas partes a la vez. No habla. Es puro tono. Un zumbido profundo del planeta. Ese sonido le quita peso a los pensamientos, los convierte en arena. Todo lo que sobra -el ruido mental, la insistencia, el peso de los días- se disuelve primero en ese sonido, luego en la línea horizontal. No es un refugio. Es una limpieza. No hay ritual. Hay física simple: la piel recibe la temperatura, los ojos miden la lejanía, el pecho se abre con el mismo ritmo de las olas que se deshacen. Pero es el sonido el que manda. Es una frecuencia constante que amortigua lo interno. Es una sustracción. Le quita a la vida todo lo adornado y deja sólo el esqueleto del tiempo marcado por ese compás líquido: un venir y un irse, constante, un latido que no es tuyo. No se sueña con él desde lejos. Se lo espera. Como se espera el silencio después del estruendo. Pero su sonido no es el silencio: es el reemplazo perfecto. Ahoga el parloteo interior sin imponer uno nuevo. Es la pausa sonora que permite que todo lo demás -la ciudad, el campo, el amor, la pérdida, el calendario- tenga un lugar donde descansar. Un sonido blanco. No resuelve problemas. Los suspende. Los deja flotando un momento, insignificantes, frente a esa inmensidad. Los vuelve abstractos, pequeños. Y en esa suspensión, a veces, está la clave. O no. Da igual. El mar ya hizo su parte: mostró la escala correcta de las cosas. Es, simplemente, un gran espacio en blanco que suena. Y a veces, ese sonido que no dice nada, es todo lo que se necesita.




miércoles, 17 de diciembre de 2025

LA DECISIÓN

     Venían de donde el cariño era más caro que el oro. De la oscuridad. Y, sin embargo, en ellos había una decisión temprana: elegían la bondad. Cada día. Tenían mil razones para el rencor. Para devolver el golpe, cerrando la misma puerta que les cerraron. No lo hicieron. Prefirieron la mano abierta al puño cerrado. ¿Por qué? Porque conocían el peso exacto del desprecio, y no quisieron cargarlo en otro. Una ley silenciosa: hasta aquí llega el daño. No pasa. Eso los hacía distintos. No eran los que más tenían. Eran los que, teniendo poco, daban. Por recordar la falta. Verlos era ver a alguien encender una luz en un cuarto oscuro. No para ser visto. Para que otro no se lastime con los muebles que él ya conocía al tacto. Frente a eso, uno calla. Porque entiende: la fuerza no es dureza. Es esa fragilidad elegida una y otra vez. Es aguantar. Ahí se vence al mal. No luchando. Negándole la continuidad. Cortándolo de raiz. Un acto silencioso. Diario. Esa es la única revolución que importa. Porque todo el mundo sufre. Pero ellos decidieron que su dolor no sería el final, sino el comienzo de algo distinto. Ellos, simplemente, desobedecieron la ley primitiva del ojo por ojo, diente por diente.





lunes, 15 de diciembre de 2025

NO-LUGAR

     Se viaja. Se compra el pasaje, se recorre la autopista recta, se embarca. Hay un protocolo: filas, luces, cinturones. Uno se entrega al movimiento. Lo que se mueve es el vehículo; adentro, la quietud. El paisaje se repite hasta volverse ajeno. Es el viaje de nadie. La vida allí es espera. Se confunde movimiento con dirección. Se comparte el espacio, pero cada uno habita su jaula. El vehículo avanza, y uno es su pasajero y su combustible. Lo curioso es cómo se empieza persiguiendo un faro y se termina siguiendo el destello del asiento delantero. Cómo el amor se hace costumbre. Las certezas son equipaje liviano; hasta las pesadas se vuelven aire. Hay una fatiga que no viene del esfuerzo, sino de la luz blanca que todo lo baña. En esa claridad, las cosas se desdibujan. Uno se vuelve transparente. Pero a veces, entre dos anuncios, hay un instante de falla. Es entonces cuando se ve una puerta. No conduce a un paraíso. Pero está ahí. El viaje continuará. Las ruedas tocarán la pista con un gemido conocido. Sin embargo, algo se ha quebrado. Y eso cambia todo. Porque a partir de ese instante, uno ya no viaja. Aguarda. El momento exacto en que la velocidad y el ángulo coincidan. Para desabrocharse. Para salir.




domingo, 14 de diciembre de 2025

QUE SEA NAVIDAD

     Era el reino del ahora. Todo comprimido, continuo y urgente. Lo que no entraba en el presente, simplemente, se borraba. No había antes, ni después; no había lejanía. Sólo esta luz cegadora, y la oscuridad. Pero el hombre lleva dentro un latido diferente. Necesita el silencio entre dos notas para que surja la música. Necesita la sombra para entender la luz. Recuerdo el diciembre de mi infancia. Lo importante no era la Navidad. Eran los momentos anteriores. La espera. El olor a la casa cuando se preparaba la cena. El misterio de los paquetes por abrir. Eso era lo verdadero. No la cosa, sino el vacío que la contenía. Ahora vivimos en la obsesión del punto final. Queremos el beso sin el cuento de amor que lo justifica. Queremos la respuesta sin la pregunta que le dio sentido. Así, todo se convierte en un final estúpido. Porque un final, sin el peso de una espera, es sólo un parpadeo que se apaga en la nada. Y al apagarse, nos deja a oscuras para siempre.





sábado, 13 de diciembre de 2025

ADIÓS

     Hay una manera de irse. Alguien te muestra un caminito de tierra. Angosto. "Ahí", dice. Es todo. No hay rutas anchas. Sólo ese paso, casi secreto. Un sendero que no promete nada. Esa persona te suelta la mano. A su pesar. Es un gesto mínimo, pero decisivo. Te quedás mirando el camino. Después, caminás. Porque a veces lo enorme necesita sólo un comienzo. Un pequeño espacio, exacto. Alguien que lo señale. Lo hermoso no es la llegada. Es la verdad de ese "ahí". La seguridad que transmite. Y la mano que, aunque no esté, sigue estando.




viernes, 12 de diciembre de 2025

OTRAS CALLES

     Mediados de diciembre. Días largos, calientes. El sol lo ocupa todo. En la siesta, sólo queda el sonido del calor. La ciudad se transforma. Vuelven los jóvenes. Los que se fueron. Traen otras calles en la voz. La ciudad se llena de risas conocidas. Su regreso es la promesa de que todo puede empezar de nuevo. La prueba de que hay que volver al origen para saber quién sos. La gente prepara la fiesta. Gestos sencillos. Comprar, ordenar, limpiar. Rituales que dicen: pertenezco. No es el deseo de tener, sino la voluntad de compartir. De crear, juntos, un mundo con sentido. El año no termina. Se entrega. Lo que importa ahora no es lo que obtuviste, sino lo que podés dar. Hay belleza en eso. Todos corren hacia un mismo punto: el encuentro. El fin de la soledad. Romper el yo, fundirse en un nosotros. Y en el calor de la tarde, una pausa. La sombra de un paraíso es fresca. Un grupo de amigos que volvieron pasa riendo. Su juventud no es un adorno. Es la promesa. Allí llega la fecha. Ya no es un día. Es un lugar al que se llega juntos. Se construye, como el amor. Y estalla. No en fuegos artificiales, sino en un gesto compartido: el abrazo que reconoce. La mirada limpia. Un instante de pura relación humana. Eso es lo que le gana al tiempo. Eso es lo que realmente celebramos.




jueves, 11 de diciembre de 2025

LA SALIDA

     Decir que todo está mal no es cierto. Lo peor no es caer. Lo peor es no caer nunca. Quedarse quieto. Ver pasar la vida. A veces una puerta debe cerrarse. Que el pestillo suene de un lado, y vos lo escuches del otro. Afuera hace frío. Pero vos caminás. No queda otra. Y el destino es eso: el sonido de tus pasos, donde antes no había nada, llevándote hacia el lugar al que pertenecés. Lo que te mantiene inmóvil es una jaula. Todo cambio suena como un crujido. Es una rajadura por donde pasa la luz. No hay que taparla. Primero hay que verla. Después, pasar al otro lado. El buen marinero sabe que nacer es como caer al agua. El que lucha contra el agua se hunde. El que la conoce se deja ir un poco, y antes de tocar fondo aprende. Aprende a respirar de otra manera. No hay que temer al portazo. La puerta que se cierra no es el final. Es, tal vez, el inicio de un mundo que te espera. El tuyo. El que nace después del ruido, cuando sólo queda el frío y un camino por andar. La verdadera pena no es el dolor. Es elegir una falsa perfección. Un lugar ordenado, sin manchas, sin fallas, sin movimiento, donde nunca entra el viento, ni la luz, ni la vida.




miércoles, 10 de diciembre de 2025

TRES DESTINOS

     Hay tres modos de perderse. El primero: subir a un avión. Despegar. Ver cómo tu ciudad se convierte en una mancha, luego en una idea, luego en nada. El reemplazo del cielo. Otro idioma. No hace falta un plan. Sólo irse. El segundo: rendirse al sueño. Es una partida sin testigos. El cuerpo se queda en la cama, pero vos te vas. No hay boletos para ese viaje. Es un cine privado donde la película la edita un director invisible. Otro lenguaje. No podés elegir la función. Simplemente empezás a verla. El tercero: cruzar la mirada con alguien. Un instante. Algo en ese rostro -un gesto, una paz- hace un sonido seco, como algo que se abre repentinamente. Y ya no estás donde estabas. Estás en un país recién hecho, con fronteras libres y un gobierno de dos. Es un nuevo espacio que nace entre dos miradas. Tres destinos. Tres métodos para escapar de la persona que eras. Un movimiento, y tu vida anterior pierde peso. Como un sobre abierto. Siempre regresás, es cierto. Pero lo que traés de vuelta no es un souvenir, ni un recuerdo. Es la prueba. La prueba de que podés ser otro. Y esa prueba, una vez que la tenés, no hay forma de devolverla. Ahí empieza la vida verdadera. Aprendiendo a ser otro. Con esa evidencia en la mano.





martes, 9 de diciembre de 2025

TRISTE JUEGO

     Yo también estoy apurado. Construimos prisa, todos. Es nuestro material de trabajo. Jugamos un triste juego. Levantamos muros con ladrillos de minutos. Yo también desvío la vista. Prefiero la pantalla a la ventana. El tono del teléfono es una intrusión en mi silencio. ¿Para qué? Pregunto sin dejar de teclear. ¿Para ganar qué? Un puesto en una fila que no termina. Mientras, la vida ocurre. Un rectángulo de sol en el suelo. Una charla profunda. Cosas sin precio. Las ignoramos. Las pisamos, camino a lo siguiente. El beso corto, la frase que queda resonando. Pagamos con el ahora por un después brillante. Un mal negocio. A veces, paro. Suelto el teléfono. Apago la computadora. El aire cambia. Observo el polvo girando en un haz de luz. Nada más. Eso es todo. No hay otro premio. Ningún rédito económico. Sólo esto: el instante quieto. Lo tengo aquí, ahora. Frágil. Completo. Mi única victoria.




lunes, 8 de diciembre de 2025

LO INEFABLE

     Se encontraron. Fue algo casual. Ella tenía un gesto al pensar: se enrollaba un mechón detrás de la oreja, siempre igual. Sonreía de una manera especial antes de responder. Un cambio leve, sólo suyo. Un momento breve, casi imperceptible. El movimiento de los brazos al hablar. Eso lo era todo. La mayoría busca lo parecido, lo que aparece en los catálogos. Pero él se detuvo ahí. No quiso suavizar esa parte. Avanzó siguiendo esa luz, como avanza una llave con el corte justo hacia la cerradura. Con la certeza de que la puerta se abrirá. No hubo escena espectacular. Ni palabras demasiado profundas. Hubo, en cambio, un acto de mirar. Y ver. Ver aquello que ella no decía. Que sólo él apreciaba. Y no usarlo. No intentar arreglarlo. Era quizás el único acto de fe verdadero: creer en la verdad del otro, antes que en la comodidad. Así, con esa verdad, se hicieron compañía. No se completaron; se acompañaron. Como dos piedras distintas que, juntas, equilibran una balanza. No se funden en una; se sostienen. Y eso fue el amor: un sostén, un hecho. Se quedaron juntos. No porque fueran la respuesta perfecta, sino porque aceptaron la pregunta que cada uno era. Y dejaron de buscar explicaciones. En algunos casos, sólo se puede explicar lo que no existe. 




sábado, 6 de diciembre de 2025

PRIMERAS MARCAS

     Hoy se quiere lo nuevo. Lo pulido: sin mancha, sin marca. Una mesa nueva. No tiene historia. No dice nada. Todo es así, ahora. Una superficie dura. Nos vendieron que la libertad es elegir. Pero elegimos lo mismo. Por miedo. Miedo a quedar afuera. Queremos la cosa. Sólo la cosa. Sin el camino. Sin la demora que la hace valiosa. La queremos ya. Consumirla. Olvidarla. Pasar a la próxima. Así, nada nos pertenece. Sólo un hambre que gira en círculo. La nueva pereza es el rechazo a empezar. Que todo llegue concluido. Eludimos la incertidumbre del inicio. Delegamos en máquinas. Nos ahorramos el trabajo de ser. Y sin embargo, aún podemos sostener una taza caliente entre las manos. Mantener una mirada. Pronunciar una palabra íntegra que honra al silencio. Actos pequeños. Fuertes. Alguien, en algún lugar, se cansará del zumbido. Apagará la pantalla. Se dará vuelta. Y verá, por la ventana, el mundo. No para capturarlo. No para compartirlo. Sólo para verlo. En ese instante, la mesa nueva, por fin, recibirá su primera marca.




jueves, 4 de diciembre de 2025

EL PUENTE

     No se construye con maderas idénticas. Si todo encaja a la perfección, no hay unión. Hay un engaño. Un muro. Cuando dos personas coinciden en todo, algo está mal. Uno ha dejado de pensar. Ha cedido. La coincidencia total es una sumisión disfrazada. La verdadera cercanía necesita del desacuerdo. Del espacio entre las dos orillas. De reconocer el borde ajeno y, desde allí, empezar a construir el puente. Lo que somos se alimenta de lo que el otro no es. Un "nosotros" fuerte se escribe con letras distintas. El puente no une dos puntos iguales. Une dos diferencias. Y es bueno porque se balancea sobre el vacío que lo justifica. Por eso, si no hay distancia que salvar, no se llama puente la construcción. Se llama espejo. Y hay que tener cuidado con lo que devuelve.




miércoles, 3 de diciembre de 2025

LA DEFENSA

     Nadie quiere que las cosas se acaben. No se levanta la mano para pedir ese final. Ni para lo que uno ve en el espejo cada mañana, ni para eso que se lleva dentro, lo que duele cuando se toca y lo que alegra sin aviso. ¿Quién querría que eso se apague? Nadie. La respuesta es esa. Punto. Entonces, el truco. La solución que no se dice. Uno se da cuenta, un día, que todo lo que quema, después se enfría. Es así. Como el café en la taza, que si no te lo tomás, se vuelve tibio y después frío. Frente a eso, lo que hacemos: lo guardamos. Pero no en un cajón. Lo ponemos en un lugar donde el tiempo no pasa. Es como sacar una foto mental: la imagen queda quieta. Ahí se queda. Ya no cambia más. Así, lo querido no se gasta. No le pasa lo que a la fruta, que madura y luego se pudre. Sigue igual que siempre. Se lo salva del "te doy si me das". Es sólo tuyo. Para siempre. La casa de verdad, la de ladrillos, la tiraron abajo. Ahora hay un terreno baldío, con yuyos creciendo. Pero eso es afuera. Si cerramos los ojos, la casa de adentro se dibuja sola, completa. La mesa ahí, la ventana allá, el lugar donde daba el sol en invierno. Eso no lo tira nadie. Entonces, uno tiene eso. Lo tiene como tiene esa primera moneda entregada por los abuelos que guardó de chico, la que puso en la alcancía y nunca se animó a gastar. Las otras monedas se usaron, se cambiaron por caramelos o para el bondi. Esa primera, la de los abuelos, no. Esa se queda. Chiquita, redonda, siempre igual. Cabe justo en la mano. Y ahí está. Para siempre.





martes, 2 de diciembre de 2025

LO QUE QUEDA

     Se cree que la muerte gana. Que el amor termina con el último suspiro. Pero mirá el invierno: todo parece quieto, acabado. Sin embargo, bajo la tierra dura, la raíz vive. Espera. El invierno no es el fin, es sólo una pausa. El amor verdadero no es un sentimiento fugaz. Es un acto. Es elegir construir algo junto a otro. No para poseer, sino para afirmar. Es como levantar una casa con las propias manos, ladrillo sobre ladrillo. La persona se va, sí. Pero la casa queda. No es un recuerdo. Es un lugar donde se sigue viviendo. Donde cada gesto aprendido, cada verdad compartida, es una luz que no se apaga. La muerte existe. Pero el amor es otra cosa. Es una construcción que, una vez hecha, no se derrumba. Por eso, al final, lo que perdura no es un fantasma. Es una casa tibia. Y adentro, el invierno no entra.




TODO EN SU LUGAR

     La mano abre el pastillero. Siete días, siete pastillas. Es un gesto limpio. De precisión relojera. Antes, los estados de ánimo eran espacios que se habitaban. Había tiempo para sentir su temperatura. Ahora son programas. Se activan. Un hongo para la concentración: un foco de luz blanca sobre la mesa. Una pastilla para el descanso: el mismo interruptor, apagado. No hay tormentas. Hay termostatos. La pena no inunda; es una humedad controlada. La euforia no estalla; es una nota sostenida, pura, sin vibración. Al final del día, cuando la química cede y asoma el hueso viejo del mundo, está la pantalla. Es una ventana sin paisaje, sólo movimiento. Un borrón constante que calma. No se piensa. Se observa el flujo. Así hemos resuelto la cuestión. La vida ya no duele, ni ensucia. Se administra. Es bello, en su forma exacta. Y es tan quieto que, a veces, por la noche, se oye el ruido de la heladera. Ese es el sonido que queda. El del único motor que todavía funciona.




lunes, 1 de diciembre de 2025

AFINACIÓN

     El miedo a envejecer es ver, un martes cualquiera, que el rumbo que llevás no es el tuyo. Que en alguna curva te perdiste. El miedo no lo provocan las arrugas. Es la consecuencia de un presente usado de modo incorrecto. Como una nota desafinada: suena, pero no pertenece a la melodía. Envejecer con miedo es haber dejado de crear. Es pasar de autor a espectador. De productor a consumidor. Los días se reciben, no se inventan. Ahí reside el error. La corrección es sencilla. No un cambio, sino una toma de posesión. Un acto único. Hoy. Ceder el paso. No contestar el mensaje. Mirar por una ventana que no es la tuya. Una vez. Con eso basta. Es reafirmar la autoría. Recuperar el tono. A partir de ahí, el tiempo ya no se pierde. Se emplea. Cada año es un testimonio: un compás de la canción que, por fin, estás tocando. No hay más vejez que la de quien dejó de escribir su vida. La otra, la verdadera, es sólo el arte de tapa. La firma.




TRAICIÓN NECESARIA

     Hay una deslealtad que es fidelidad. Una mano, para tomar lo que llega, debe abrirse y soltar lo que sostiene. Eso no es una pérdida. Nos aferramos a ideas viejas, a amores gastados, a versiones muertas de nosotros mismos. A eso le llamamos lealtad. Pero es un engaño. Es sólo miedo. La vida verdadera sucede en los abandonos necesarios. En el valor de dejar ir lo seguro pero acabado, para abrazar lo posible. Quien se llena de certezas, se vacía de futuro. Es bueno guardar siempre un lugar vacío en la casa interior. Allí nacerá lo nuevo. La peor traición es quedarse quieto. Ver cómo algo se desangra y elegir la cobardía de no suturar ni rematar. Ofrecer sólo la inútil compasión de un testigo, creyendo que no mancharse las manos es una forma de pureza.








BUENAS INTENCIONES

     Hay personas que son una contradicción andando. Van por la vida con un gesto que parece rechazo, con palabras que hieren sin querer, co...