domingo, 1 de junio de 2025

INSTRUCCIONES PARA DOMAR SOMBRAS

     Este animal que sos no camina solo. Lleva adentro un animal distinto. Una fiera quieta. En los huesos. Querés domarla. Tu mano aprieta el aire. Siempre. Pero mirá: ahí respira. En el brillo del cuchillo olvidado. En el paso del tren de las tres. En el crujir del parqué. Espera. Llega la hora sin nombre. La noche eterna. Entonces, sin aviso, la jaula se abre. Un rugido. Un temblor. Hasta que la luz del alba clava sus dientes. Y la separación. ¿Es este cuerpo sólo la herida que deja su fuga? El hombre camina. Sangrando por esa fuga invisible. Persigue. Se acecha. Nada aplaca este incendio. Salvo… ese instante exacto. Esa rendición blanca. Ese gesto salvaje de escribir su nombre en la pared del mundo.




sábado, 31 de mayo de 2025

FUERA DE TIEMPO

      Lo importante nunca avisa. Crece en silencio, dentro. Mientras la vida sigue, ahí dentro germina, fuera de tiempo. Un día simplemente está. Como una huella que no vimos dejar. No lo buscábamos. Ya era parte de nosotros antes de saberlo. Sólo entonces lo vemos claro. No hay espera. Sólo ese lento hacerse en la calma. Una nota suspendida en el aire cuando la música ya terminó. Un instante quieto donde todo se nombra. Sin fecha. Sin aviso. El presente se cuece en el pasado. Así llega lo verdadero.




jueves, 29 de mayo de 2025

DEFENSA PROPIA

     Bien mirado, el egoísmo auténtico no es un vicio. El mundo te exige capitulación. Te induce a rebajar tus ideas, a moldearlas para encajar en el rebaño. "La grieta" no nace sólo de la divergencia auténtica, sino también del miedo a ser señalado y del pánico a perder el abrazo del grupo. Pero el buen egoísta -aquel que sólo escucha su brújula interior- sabe que someterse es un suicidio discreto. Es paradójico, pero ese individuo, radicalmente fiel a sí mismo, analiza el mundo con mayor precisión. Palpa injusticias que envenenan el aire común, detecta contaminación que mancha su propia piel, detecta hambre que genera caos, detecta ruido que corroe su calma. Comprende que ningún bienestar es posible en un sistema diseñado para la infelicidad colectiva. ¿De qué sirve su riqueza si la desesperación ajena derriba su puerta? ¿De qué sirve su salud en un entorno enfermo? Por puro cálculo existencial, ese egoísta se vuelve revolucionario. Exige justicia porque anhela paz. Combate la explotación porque busca seguridad. Defiende la educación porque necesita un mundo menos estúpido. Su lucha no nace de la bondad, sino de una verdad elemental: la infelicidad ajena es una bomba de tiempo contra su propia supervivencia. Así, ese "egoísmo" condenado por hipócritas se revela como la única lógica sensata. Defender tus ideas no es mezquindad: es el último acto de cordura en un teatro de sumisos. Porque transformar el mundo no es altruismo. Es un acto de legítima defensa. Bien mirado, ese egoísmo auténtico no es un vicio. Es la revolución más pura.




martes, 27 de mayo de 2025

ENCONTRAR EL RÍO

     Hay un río. No se detiene. No es un lugar, es una manera de avanzar. La certeza es el faro: se mira, no se habita. El tiempo abre su flor solo, sin apuro. La farsa triunfa, pero uno no se viste con sus trajes. Lo odian sin causa, y la corriente no cambia. Uno existe sin agregados. Sueña, pero no construye jaulas. El éxito no lo doblega; la derrota no le aprieta los labios: ambos son vientos que giran y se van. Los cobardes convierten las verdades en armas, pero uno las dice sin filo. Recoge lo roto, lo une, sin preguntar. Juega sin garantías, pierde, y vuelve a jugar. Guarda las caídas como monedas. No agrega palabras donde el silencio alcanza. Se mantiene liviano mientras el mundo se desangra en gestos huecos. No es valentía: es el corazón que insiste, aunque nadie escuche sus latidos. Esa es la corriente. Ese es el oficio de no necesitar orilla. Cuando la tormenta se apaga, uno no busca la calma, porque nunca se instaló en el viento. Está en el agua, sin nombrarla. Eso, que no se dice, es lo único que perdura.




domingo, 25 de mayo de 2025

25 de mayo

     Hay instantes en que el cielo se dobla sobre sí mismo, y entonces comprendemos que las despedidas no son más que cartografías del alma. Te observé avanzar hacia la puerta de embarque, y fue como ver a una parte del mundo desprenderse en silencio. Una melodía surgió entonces -no sé si del aire o del pecho- y se tendió entre nosotros un puente invisible. La guardé dentro de otro sobre sellado con silencio, junto a todas las ausencias que no nombro, junto a esa niebla que se confunde con todo lo que callo y vos, sin embargo, siempre escuchás. Desde aquí, el mundo es un ventanal por el que me asomo cada mañana, buscando en el horizonte la línea curva de un tren, el perfil de un retorno. No hay pena que resista cuando sé que, allá donde estés, llevás mi nombre tatuado en una costilla, igual que yo sostengo el tuyo en las palmas de las manos, allí donde el tiempo se coagula en cicatriz. Te imaginé sonriendo -esa sonrisa que descompone el universo- y entendí, al fin, que la felicidad no es un territorio, sino la claridad con que alumbramos lo que falta. Si alguna vez la noche se quiebra sobre vos, recordá esta canción sin notas. Es una promesa construida con pedazos de eternidad: dondequiera que te alcance una sombra, cavaré un pozo hasta encontrar esperanza. Y todas las veces que quieras, volveré a entregarte todo, como siempre, como jamás dejaré de hacerlo, hasta que los mapas se deshagan en polvo y las distancias bajen la cabeza. Queda esta melodía. Es la despedida que no se atreve a nombrarse, la partitura de un encuentro que ya está sucediendo, en algún lugar, mientras el aire viaja de un pulmón al otro.




viernes, 23 de mayo de 2025

GRIETA

     Subir. El viento arrasa las certezas. La fe construye muros con los ojos cerrados; la ciencia los desarma, ecuación tras ecuación. Entre ambas, el hombre avanza: en una mano lleva lo sagrado; en la otra, la razón. Arriba, el mundo es sólo aire y vértigo. Nubes que deshacen el cielo en segundos. El pasto se aferra a la tierra, como preguntas sin respuestas. El espíritu se expande, no por las respuestas, sino por el simple milagro de estar vivo, ahí, en el límite donde lo que se puede medir y lo que sólo se intuye se observan sin tocarse. ¿Llorar? Sí. Pero no por miedo. Por entender, al fin, que la única victoria es permanecer en esa grieta, con los pies desnudos y el corazón abierto, sabiendo que ni los dioses ni los números llenarán el vacío. Vivir, al final, es eso: caminar en la delgada línea donde el misterio duele, pero nos hace seguir respirando.




martes, 20 de mayo de 2025

BREVEDAD DEL FUEGO

     La existencia es un camino que se borra al andar. La duda fabrica verdades con arena movediza. Saber demasiado quema sin dar respuestas. El orden construye jaulas de cristal. El desorden las llena de mariposas. Las reglas de ambos son espejos enfrentados: reflejos que nunca terminan. La tierra es redonda y nos engaña: lo más lejano vive bajo nuestra piel, lo cercano se hace humo al tocarlo. Amar es alejarse de alguien en línea recta y descubrir que el camino se ha curvado ¿De qué hablo? Del simple acto de respirar. Conozco el aire que llena los pulmones como un relato, el tiempo que se dobla y estira como un acordeón. Vivir no es más que dibujar figuras en la orilla antes que llegue la marea.




lunes, 19 de mayo de 2025

COLORES ROTOS

     El país se pintaba de dos colores que se negaban a mezclar. Ella llevaba un pañuelo verde que le mordía el pelo. Él vestía el blanco inmaculado de su camisa. Un mismo himno, pero en claves distintas. La plaza estaba llena de pancartas. Octubre olía a café quemado. Ella repartía volantes con consignas de justicia. Él discutía el peso de la herencia en voz alta. Sus miradas chocaron frente al quiosco de diarios. Un instante de cristal roto. El tiempo se rajó. Los vio desnudos de colores. Un altavoz cercano rugió consignas. Él se abrochó la chaqueta con el bordado "Libertad". Ella se ajustó el chal como armadura. Caminaron en círculos alrededor del mismo monumento. Órbitas paralelas. Ahora, al caer la noche, algunos juran ver dos siluetas junto al Obelisco. Fantasmas que intentan descifrar cómo, bajo tantos colores opuestos, no hubo espacio para un solo abrazo. El amor que pudo nacer yace bajo la misma tierra que juraron salvar. Enterrado vivo.



jueves, 15 de mayo de 2025

LO SAGRADO

     Se encontraron cuando el tiempo se dobló como un papel quemado. Él, con sus gestos rígidos; ella, con su manera de mirar que desenterraba tesoros. El aire entre ellos era un pergamino donde se inscribían, sin tinta, los salmos de una liturgia personal. Compartieron el pan bajo la luz oblicua de un mediodía perpetuo. En cada mordisco, una parábola: lo divino no como fulgor, sino como hendidura. Ella mencionó caminos polvorientos y apariciones que sólo se revelan al desaparecer. Habló de un cuerpo que, tras la muerte, conservaba el hábito de comer lo necesario y mostrar cicatrices. "No es lo que resucita, sino lo que permanece", dijo. "Lo eterno se disfraza de costumbre", entendió él. Noches de tacto cartográfico. Él la recorría como quien descifra un manuscrito iluminado, buscando en los pliegues la letra pequeña de un pacto olvidado. Al esconderse el sol, la luz de una vela proyectaba siluetas que se alargaban hacia lo alto, fantasmas de una ascensión suspendida. En su costado, una marca pálida: la geografía de una herida que había aprendido a respirar. Ella partió al tercer día, dejando tras de sí un vacío con forma de ofrenda. En su lugar, las coordenadas numéricas y el rastro de un café frío. Ahora él vaga por la ciudad escudriñando esquinas, convencido de que ciertas ausencias son la única manera en que lo sagrado se manifiesta: un hueco que arde, una promesa escrita en negativo. Cuando come, recuerda: "El pan sabe a despedida y a eternidad". El aroma de ella permanece en sus manos. Reflexiona sobre cómo el amor, al igual que los dioses, sólo se nombra verdaderamente cuando se convierte en leyenda. O en polvo que espera, quieto, el viento correcto.




TENUE

     En aquellos días de fiebre, cuando el mundo se veía un campo de batalla y la eternidad una apuesta segura, uno creía que la vida era una carrera hacia cumbres imposibles. Después, sin anunciarse, llega el momento en que comprendes: no hay trofeos que valgan el peso de su oro. Es una revelación silenciosa. Te das cuenta de que todo lo que importa cabe en gestos diminutos: el modo en que alguien deja caer una carcajada en medio de una frase, el libro que alguien subraya y olvida sobre la mesa, las horas que se deshacen sin testigos, los ojos húmedos de un padre vulnerable. Ya no hay enemigos que vencer, ni banderas que clavar en tierras lejanas. Sólo esto: el arte de perder el tiempo con dignidad. Dejar que las cosas sucedan, como el agua que se aquieta y, sin prisa, descubre su propio reflejo. Los sabios son aquellos que aprenden a sentarse a ver caer la tarde, y no piden nada más. No porque hayan renunciado, sino porque han entendido: la verdadera epopeya es la de los que sostienen el mundo con sus manos abiertas, sin apretar los puños. Y si acaso alguien, en algún lugar, sigue soñando con hazañas y estrellas, tú sonríes. No con pena, sino con la certeza íntima de quien ha encontrado, al fin, el brillo opaco y perfecto de lo que nunca se apaga.




martes, 13 de mayo de 2025

NAVEGAR

     Vivían separados por kilómetros y por costumbre. Él en un pueblo tranquilo, ella en una ciudad que nunca dormía. Casi cincuenta años les habían enseñado que el amor, a veces, es un idioma de gestos pequeños y ausencias largas. Se encontraban donde podían. No había planes, sólo esa frase que él repetía al oído, como un ritual: "Vení a navegar tus barcos a mi alrededor". Ella entendía: traé tus historias, tus heridas, tus triunfos sin testigos. Dejalos flotar aquí, junto a mí. En cada despedida, ella le entregaba algo frágil: una postal, una llave oxidada, un verso en una servilleta. "Quemar puentes no duele cuando la llama la encienden dos", escribió una vez. Él guardaba esos restos como reliquias de un fuego que no consumía, sino que alumbraba. No hablaban del futuro. Sabían que la vida es un catálogo de instantes prestados. En sus encuentros, creaban islas: efímeras, necesarias. Ella dejaba siempre una taza de café a medio beber. Él memorizaba el ritmo de su respiración al dormir. Así, entre llegadas y partidas, descubrieron que no existe lo eterno. Sólo existe el arte de arder sin miedo, aunque sea un segundo, antes de que la noche lo apague todo.




domingo, 11 de mayo de 2025

RASTRILLAR

     Ya está por ocurrir, ese número perfecto: cincuenta órbitas alrededor del sol. Medio siglo. Como un mapa desplegado sobre la mesa, hay que trazar un círculo alrededor de lo realmente vivido y dejar que el resto se pierda. Rastrillar lo que queda. Contar las batallas sin vencedores, las alegrías que se desvanecieron antes del festejo, los afectos que no supimos nombrar. ¿Valdrá la pena archivar hojas sueltas en carpetas con fechas exactas? ¿O será mejor quemar los álbumes donde coleccionamos instantes que nunca se decidieron a ser recuerdos? ¿De qué sirve guardar en cajas lo que el tiempo convirtió en ceniza? El desafío es claro: encontrar una respuesta, aunque sea mínima, a lo que nunca tuvo pregunta. ¿Fue en vano caminar entre árboles que guardaban historias en sus sombras? ¿Seguir el ritmo de las mareas con compañeros que no exigían explicaciones? ¿Todo terminará convertido en polvo, incluso lo que aún nos quema por dentro? Quizás haya que dar un paso, dejar atrás los duelos que se repiten y los cielos que fingen consuelo. Ya está ahí, ese número perfecto: cincuenta ciclos de luz y oscuridad. No es un final, sino el borde desde el que se ve con mayor claridad: lo que rechazamos no es más que el mapa de nuestras propias limitaciones. Ya está ahí, ese vértice exacto: cincuenta veranos e inviernos, cincuenta velas encendidas en el mismo altar. No es una cifra, sino el umbral donde se revela lo evidente. Ni el miedo de ayer, ni la urgencia de mañana. Crear y plantar una semilla, sólo una, exige la obstinación de quien sabe que la tierra no promete nada. Pero hay que hacerlo, aunque duela.





sábado, 10 de mayo de 2025

DRIFTWOOD

     Hay momentos en que soy un fantasma con documento de identidad. Camino por la calle, pago el alquiler, como medialunas, pero algo en mí se queda flotando a tres centímetros del suelo. Como esos sueños en los que gritás y nadie te escucha. Un amigo me dijo una vez: "Vivís como si te hubieras olvidado el alma en el asiento del bondi". Tenía razón. Pero ¿acaso no viajamos todos así, medio ausentes, medio en otra parte? Hasta los objetos lo saben: ese mate que usás cada mañana no está del todo seguro de que seas vos quien lo levanta. El espejo del baño duda antes de reflejarte. La verdad es simple: no hay manera de estar completamente en ningún sitio. Como esas canciones que suenan mejor cuando el volumen no es del todo alto.






miércoles, 7 de mayo de 2025

LOS OTROS

     Los otros. Sus vidas en "Instagram". Como hojear un libro donde sólo quedan las páginas brillantes, las que alguien decidió no quemar. No hay película. No hay continuidad. Sólo destellos, pulidos hasta cegar. Una sonrisa en un atardecer fingido. Un plato de comida que nadie probará. Un viaje que podría ser sólo un decorado. Así es como creemos conocerlos: a través de espejos dispuestos en ángulos precisos. Lo demás -el cansancio detrás del filtro, los segundos no fotografiados, el ruido de fondo que nadie graba- queda fuera de cuadro. Nos quedan sólo las hermosas mentiras. No el tic-tac del reloj en las mañanas vacías, los mensajes borrados, la sombra que no entra en el encuadre. Eso queda fuera del algoritmo. Hoy los otros nos dan el brillo a través de las pantallas. Pero la vida, la vida nuestra y la de los otros, siempre sucede en los píxeles rotos.




martes, 6 de mayo de 2025

MARTES

     El cansancio no es una derrota, sino una especie de inteligencia del cuerpo. Se acumula en los huesos como polvo en los muebles, y cuando llega a los ojos, el mundo se mira distinto. Así, entre parpadeos lentos, el lunes exhala su último aliento mientras el martes nace, como todo martes: pálido, mudo, indiferente. El sábado ya es cadáver. No hay que rescatarlo, sólo recordar cómo se besó a una mujer con la excusa de salvarse. ¿De qué? Tal vez del paso del tiempo, tal vez de la idea de que todo debe durar. Pero los besos no salvan: son un breve incendio en la oscuridad. Lo demás es silencio. Ahora, en este instante exacto, el martes existe, pero aún no pesa. Es una promesa sin dueño. El lunes, en cambio, se aferra a las esquinas, como un fumador a su último cigarrillo. No hay que juzgarlo. Los días no se malgastan, simplemente se consumen, como la cera de una vela. Queda, sin embargo, algo. Un rescoldo, un temblor. Algo que lucha por no ahogarse, como ese pez que chapotea en el fondo de la pecera cuando ya no hay más agua. No hay que revivirlo. Sólo contemplarlo. Después, cerrar los ojos. El martes aguarda, imperturbable.





viernes, 2 de mayo de 2025

PERDER EL TIEMPO

     Es una idea que flota en el aire desde que el mundo es mundo, como esos viejos discos que giran una y otra vez sin que nadie los escuche. Julio Cortázar lo rozó alguna vez en un pasaje de Rayuela, con esa manera suya de jugar al desastre mientras construye catedrales. ¿Aprovechar el tiempo?, ironiza, como quien tira una piedra a un estanque sólo para ver cómo se hunde. Y luego, con esa sonrisa de quien sabe demasiado, añade: Prefiero perderlo, malgastarlo, matarlo, tirarlo por la ventana como un bollo de papel. El escritor sigue su juego. Déjenme ser la sombra que se alarga en la pared sin razón, o la taza de café olvidada que nadie recoge. El cigarrillo que se consume en el cenicero. Hay algo casi revolucionario en perderse a propósito. No asistir a esa cita. No contestar ese mensaje. No recibir el llamado. No fingir interés por aquello que nunca nos importó. Dejar que las horas se deslicen, sin intentar retenerlas. Empeñarse, con obstinación de artista, en la inteligente tarea de no producir nada. Nada en absoluto. O, dicho de otro modo: revisar la lista de prioridades desde nuestra más profunda humanidad. Habitar el ocio como quien conoce el final del camino sin perder el optimismo. Es el único terreno fértil para que nazca lo imprevisto. Para que surja todo. Perder el tiempo, deliberadamente, hasta que el tiempo deje de existir. He ahí el verdadero acto de libertad.




jueves, 1 de mayo de 2025

EGOSINTÓNICO

La suerte siempre me obsesionó. Un enigma indescifrable, un capricho que reparte destinos arbitrariamente. Yo, incauto optimista, necesitaba creer que había un orden secreto. Y esa noche, en el club "Defensa" de Dolores, el azar me dio la razón.

Fue después del partido, entre el humo y el rumor de los vasos, cuando apareció Antonio Carmona. Bajo, bigote entrecano, piel ajada por los años. Llevaba una campera de cuero negra, incongruente en aquel calor sofocante. Su voz ronca, que parecía guardar el secreto de un whisky añejo, rompió el silencio:

-No se vaya. Es de mala suerte tomar el quinto vaso solo.

Acepté. Y entre sorbos de vino tinto, me entregó un espejo antiguo: marco de madera oscura, vidrio desgastado como un recuerdo viejo, marquetería fina en el dorso que daba la sensación de estar cargado de historias.

-No es un adorno -aclaró-. Refleja los deseos verdaderos del alma, esos que enterramos por miedo o por mandatos.

Sus palabras olían a alcohol y locura, pero sus ojos, húmedos y profundos, las volvían irrefutables.

-Sólo sirve para quienes guardan un potencial oculto- añadió antes de perderse entre las sombras.

Pagué la cuenta y apuré desmañadamente el paso hacia la calle.

No recuerdo nada más de esa noche, pero al día siguiente decidí renunciar a mi oficina sin ventanas. Ahora vivo entre libros, arañando el alma de mi sufrida guitarra, regalando horas al silencio verde de mi jardín. Los martes y jueves doy charlas en el "Defensa" acerca del "Método del espejo: Mirarse profundamente para encontrar el camino". 

Nunca más supe de Carmona. Tal vez fue un borracho iluminado... o un ángel con campera de cuero. Pero su espejo sigue aquí, apoyado en mi escritorio. Me recuerda, cada día, que la suerte no es casualidad: es el valor de ver lo que siempre llevamos dentro.




lunes, 28 de abril de 2025

EL ÚLTIMO MAPA

     Nació donde el mundo no lo esperaba. Una ciudad vasta y gris, de puertas selladas y ventanas enrejadas. Allí, él era un error viviente -una planta en medio del desierto-. Huyó. No por coraje, sino porque quedarse era desangrarse. Encontró un pueblo sin nombre. Una casa derruida que compró sin razones, sólo porque al apoyar la mano en sus paredes, sintió el eco de algo que podía ser suyo. La reconstruyó despacio, no como un albañil, sino como quien desentierra algo olvidado dentro de sí. Cada grieta cerrada era una pregunta menos. Pasaron años. Las noches olían a leña y a luna. Ya no cargaba el peso de los días. A veces, al mirar al cielo, sentía que aquella vieja herida en su pecho por fin había cerrado. Cuando murió, no hubo lamentos. Sólo el crujir de los postigos, el viento moviendo el polvo donde, sin querer, había escrito su nombre. En las paredes. En los caminos. En la memoria lenta de los que quedaron. Nadie elige dónde nace. Pero todos elegimos dónde morir, o deberíamos hacerlo. El pueblo sin nombre. La casa que lo tuvo, apenas un suspiro, un capricho de tiempo. El polvo que memorizó su nombre cuando él ya era aire. Allí, en ese olvido preciso, estaba su lugar verdadero. No en la ciudad que lo expulsó, sino en el sucucho del mundo que eligió para quedarse, para ser, por fin, lo que siempre había sido sin saberlo. El último mapa no se traza con fronteras. Se dibuja con el tiempo que pasamos en un lugar, con las paredes que levantamos, con el silencio que hacemos nuestro.




sábado, 26 de abril de 2025

INOPORTUNO

     La caja apareció detrás del armario, como si el tiempo la hubiera devuelto. Dentro, un mapa trazado en servilletas arrugadas, una lupa de plástico, un reloj con las agujas pegadas sin esmero marcando las tres, una moneda oxidada que olía a juegos prohibidos. Las líneas del mapa le provocaron un vértigo familiar, ese tipo de recuerdo que duele entre las cejas. También pareció rememorar la lupa y el olor a insectos quemados. El reloj le interrogó: ¿quién había necesitado tanto aquella hora exacta? ¿Qué urgencia infantil condenaba ese instante a la eternidad? La moneda le dejó en los dedos un polvillo rojizo. La hizo girar sobre el dorso de la mano, buscando una inscripción, una pista. Sólo encontró el brillo gastado de tanto contar mentiras en el recreo. Volvió cada objeto a su sitio, con la precisión de quien recompone una escena del crimen. Al día siguiente, el armario estaba otra vez pegado a la pared. Pero esta vez, el reloj ya no estaba dentro de la caja. Lo encontró sobre la mesa de la cocina, las agujas quietas, clavadas en las tres. Al acercarse, un zumbido leve emanaba de su maquinaria. Entonces lo recordó: aquella tarde de verano, la promesa hecha bajo un palo borracho, el juramento de no decir nunca lo que había pasado a las tres en punto. El reloj no marcaba una hora detenida, sino una deuda. Y ahora, después de tantos años, alguien -o algo- había venido a cobrarla. Las manecillas comenzaron a girar.



martes, 22 de abril de 2025

EL ENGAÑO DE LO EFÍMERO

     Lo llaman libertad, pero huele a derrota. Hemos perfeccionado el arte de la intolerancia. La destreza de no permanecer. Nos movemos entre afectos como si fueran estaciones de tren, subiendo y bajando antes de que el viaje canse. Todo es ligero, rápido, indoloro. Nada se fija lo suficiente como para dejar marca. Y así, en esa huida constante, creemos que somos libres. Pero no somos más que consumistas. Ya no buscamos en el otro un territorio desconocido, sino un reflejo cómodo de nosotros mismos. No queremos ser transformados, sólo confirmados. El amor se ha vuelto una transacción: tomamos lo que nos sirve y descartamos el resto. ¿De verdad creemos que así se vive mejor? ¿O sólo estamos drogados por la ilusión de que siempre habrá algo -alguien- mejor ahí fuera? Nos han vendido que el amor es una aplicación: si no funciona, se desinstala. Pero el corazón no tiene botón de reinicio. Lo peor no es la fragilidad de los vínculos, sino la mentira que los sostiene: la idea de que así evitamos el sufrimiento. Pero el dolor no desaparece; sólo se hace difuso. Nos volvemos expertos en despedidas y principiantes en persistir. Y, en el silencio entre un adiós y el próximo, descubrimos que lo que llamábamos libertad era sólo miedo disfrazado de modernidad. Al final, seguimos hambrientos. Pero ya ni siquiera sabemos de qué.




lunes, 21 de abril de 2025

ACTOS, NO PALABRAS

     Hay cosas que sólo existen cuando las hacemos. No son ideas ni discursos, sino actos. Pequeños, cotidianos, inevitables actos. No creo en reglas absolutas, pero hay una frase de Camus que me persigue: "En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible". No es filosofía, es una verdad simple: responder, siempre responder, incluso cuando el mundo parece pedir lo contrario. No se trata de grandes declaraciones. Sólo de vivir sabiendo que cada elección, por pequeña que sea, cuenta. Sin aspavientos. Como quien planta un árbol sabiendo que nunca se sentará bajo su sombra.




domingo, 20 de abril de 2025

ETERNOS ESPECTADORES

     Hay heridas que no nos pertenecen, aunque las veamos todos los días. Las torres caen una y otra vez en la pantalla, pero no en nosotros. No las sentimos. Las consumimos. La de ese fatídico día, como tantas otras tragedias, son relámpagos en la memoria del mundo, pero ¿dónde queda la memoria cuando nadie la hace suya? Lo que no se vive como experiencia se desvanece, convertido en ruido de fondo. Pasamos de la conmoción al scrolling, del horror al siguiente trending topic. Así funciona ahora todo: la amenaza nuclear, el colapso climático, las guerras. Sabemos que están ahí, pero no nos rozan. No nos duelen. Las noticias son como piedras arrojadas a un pozo sin fondo: nunca escuchamos el impacto. Y entonces, ¿cómo reaccionar? Si nada llega a ser real, ¿contra qué rebelarse? Vivimos en la ilusión de estar informados, cuando en realidad sólo estamos distraídos...


 



viernes, 18 de abril de 2025

VIRAZÓN

     Hay días en los que la luz nos pertenece, y otros en los que algo, sin aviso, nos apaga. No es el destino. No es el cansancio. Es algo más delicado: fuerzas invisibles que rozan el estado de ánimo. No las vemos, pero están ahí, suspendidas en el aire como polvo en un rayo de sol, esperando el instante preciso para alterar la química de nuestro humor. Comienzas el día convencido de que nada podrá empañarlo. Pisas la calle, respiras el olor del otoño, y todo parece en orden. Pero al volver, incluso a los pocos minutos, y sin que haya mediado motivo alguno, esa alegría se ha ido. No hubo advertencia. Sólo un cambio mínimo, como cuando el viento cambia de dirección sin que nadie lo note. ¿Fue ese escalofrío repentino? ¿Fue la inapreciable rotación de los planetas? ¿O tal vez el vuelo solitario de algún pájaro? No hay explicación. Existen influencias que actúan en los límites de lo perceptible, donde los sentidos se confunden con el mundo. Se filtran sin hacer ruido, se instalan sin avisar. Y de pronto, sin notar el momento exacto, el buen humor se ha ido. La vida tiene ese poder: ajustar los tonos del ánimo con sólo rozarlos al pasar. Es el misterio constante de la existencia. Algo nos afecta, nos transforma momentáneamente, y seguimos adelante, sin entender por qué esta mañana cantábamos y ahora apenas podemos silbar una triste melodía. El aire está lleno de presencias invisibles que cambian el color de nuestros pensamientos sin pedir permiso. Hay quienes creen que el ánimo es una casa con sólidos cimientos. No es cierto. Es más bien como esas canciones que escuchamos una y otra vez, sin parar, y que de pronto -sin saber por qué- dificultosamente logramos tolerar.





jueves, 17 de abril de 2025

LO QUE PERMANECE

     ¿Cuántas veces nos miramos al espejo en una vida? Innumerables. Una y otra vez. La luz cambia, el ángulo, el gesto. Pero frente al cristal permanece la misma persona, casi imperturbable. Nos empeñamos en creer que un corte de pelo, una sonrisa distinta, una arruga más o menos, alteran algo esencial. Y sin embargo, ahí está el mismo de siempre, observándose con esa misma paciencia de siempre. La obsesión por transformarnos es un invento moderno, una fábula para distraernos de lo que realmente importa. Compramos espejos nuevos, probamos expresiones, acumulamos gestos. Pero el alma no se renueva por arte de magia. No hay atajo que valga. Lo único que nos transforma es ese lento y silencioso trabajo de escarbar dentro, sin prisa, sin espectadores. Morimos un poco al cerrar los ojos. Resucitamos, intactos, al abrirlos. El tiempo es sólo un decorado que montamos para no mirar de frente a lo que nunca se agota. Jugamos con relojes y calendarios como jóvenes que escriben promesas de amor eterno en la arena, sabiendo que la marea las borrará. Pero ahí está, siempre: esa presencia quieta, ese fondo que no se mueve. Cambiamos de postura, de disfraz, de historia. Y sin embargo, en definitiva, seguimos ahí, con las costuras del alma al descubierto, ante lo que no tiene principio ni fin. Tal vez el verdadero valor no esté en transformarnos, sino en quedarnos quietos, aunque sea un instante, y reconocer lo que no ha cambiado y nunca lo hará.







lunes, 14 de abril de 2025

ALGUNOS DÍAS

     Algunos días, simplemente, se niegan a avanzar. Se detienen en mitad de la mañana como un reloj al que le falta voluntad. No hay prisa, no hay drama, sólo la geometría exacta de quien prefiere medir el tiempo en lugar de obedecerlo. La distancia entre dos personas no es casual. Es un diseño. Un silencio que no nace del vacío, sino de un cálculo preciso: hablar sería despertar algo que todos acordaron dejar dormido. Las rutinas son blindajes. La misma gripe leve, el mismo gesto repetido hasta volverse transparente. No es derrota: es táctica. ¿Para qué inventar otro mundo si este, aunque cansado, sigue en pie? Quedarse no es quietud. Es elegir el peso conocido antes que el riesgo de lo que podría ser. Lo peligroso no es caer, sino creer que huir siempre salva. A veces, la única honestidad es no fingir que hay salvación en otra parte. Algunos días, simplemente, se niegan a avanzar.



domingo, 13 de abril de 2025

COREOGRAFÍA DE SUPERVIVENCIA

     Los músculos aprenden a bailar. Bajo la piel, todo está maquillado. Uno se pone una máscara y la pule tanto que al final es su cara. El óxido se convierte en esmalte. Aplausos. Lo que no se dice también dibuja algo. El gesto es una fórmula. El movimiento, un algoritmo. Uno escoge las palabras y a veces es mejor callarse. Hacer cadenas con el hierro que llevamos dentro. Así se doma el fuego. La mente es un reloj. Engranajes que no suenan. Agujas que marcan horas que no existen. Hay gente que desactiva bombas. Tiene manos de seda. La llaman artificiero. El fuego de antes, ¿dónde está? O es ceniza. O es diamante, frío, bonito para un collar. Aprender a respirar bajo el agua. Todos miran. El corazón late bajito. Aplausos. No es mentira lo que salva. Es saber tejer redes con gracia. Y siempre esa pregunta: ¿cuánto pesa una máscara que ya es piel? Sólo los trapecistas lo saben. Se balancean entre el vacío y los aplausos. Abajo, los payasos miran.





miércoles, 9 de abril de 2025

PERMANECER

     Permanecer es un verbo que se conjuga en velocidad. Imaginate un equilibrista sobre un alambre que no cesa de moverse: cada músculo ajustado, cada respiración calculada, el cuerpo vibrando en una quietud que no es más que la suma exacta de gestos opuestos. Así somos, criaturas que creen habitar un punto fijo mientras, en secreto, se deslizan sobre una cinta infinita. Detenerse es imposible. Incluso para no caer, hay que correr. Pero hay una ilusión más sutil: la de volver. ¿Regresar? Ningún lugar acepta dos veces la misma huella. Llegás a la esquina donde jugabas de niño y descubrís que el tiempo no borra, sino que pule, como un viento que talla la piedra. Las paredes tienen otras grietas, el aire otra densidad. Vos mismo rehiciste tus memorias, capa sobre capa, hasta que ya no reconocés el peso de tu sombra. Incluso el café donde te sentabas cada mañana: la misma silla, el mismo vaso, pero el gesto del camarero es otro, y la luz que filtra por la ventana ha aprendido nuevos ángulos. Es una ironía elegante: buscamos anclas donde atar el presente, pero el mundo sólo ofrece arenas movedizas. Quien insiste en clavarse en un sitio descubre, tarde o temprano, que se ha convertido en un extranjero. Porque no es el paisaje lo que cambia, sino la mirada que lo habita. Y entre los dedos que tocan la mesa familiar, ya no están los mismos dedos. Quizá por eso seguimos corriendo. No para huir, sino para bailar con el vértigo de lo efímero. Hay una gracia en aceptar que no hay reposo, sólo coreografías perfectas que simulan la pausa. Así, en el centro del torbellino, inventamos la ficción de estar. Y tal vez, en ese movimiento perpetuo, encontramos la única forma honesta de existir: como llamas que se creen fijas mientras arden.




lunes, 7 de abril de 2025

ASTILLAS

     Hay gestos que se repiten, esquinas que huelen igual, tardes que saben a mentira. Hay trenes que siempre llegan tarde, canciones que nadie recuerda, libros con páginas arrancadas. Hay puertas que chirrían de similar forma, faroles que parpadean en la misma secuencia, tazas con grietas invisibles. Hay silencios que pesan más que un grito, miradas que atraviesan sin tocar, heridas que no cicatrizan pero tampoco sangran. Se clavan. No se borran. No se las lleva el viento, ni el tiempo, ni el olvido. Se quedan ahí, en un rincón de la piel, en un pliegue del alma, en ese lugar incómodo donde duele respirar. Y aparecen cuando menos lo esperas: en el reflejo de un cristal, en el primer sorbo del café, en la voz de un desconocido que tararea una melodía casi olvidada. No son recuerdos. Son astillas...

    


domingo, 6 de abril de 2025

EL PESO DE LO QUE NO FUE

     Hay dolores que no sangran. Pesan, sí, pero como el aire espeso de una habitación que permaneció cerrada durante demasiado tiempo. Son las huellas de batallas que nunca ocurrieron, los duelos declinados con un gesto leve, las espadas que nunca se cruzaron. No es huir. Es elegir otro campo, otro silencio. Hay una belleza extraña en lo que no sucedió: como una partitura sin notas, un cuadro pintado sólo con agua. Duele, claro. Pero duele de otra manera: como el vacío que deja lo que pudo ser y no fue. Nadie ve esas heridas. Nadie las nombra. Sólo hay ausencias. Y sin embargo, llevan consigo toda la elegancia de lo que se resistió a existir. 




miércoles, 2 de abril de 2025

SIN CUENTA

     Llegará un día en que, al abrir los ojos, el futuro ya no será aquel paisaje generoso donde se guardaban todos los comienzos. Seguirá ahí, sí, pero más compacto, como una valija que ya no admite más sueños. Entonces, al voltear la mirada, advertirás con una mueca incómoda que el pasado es ahora una ciudad desbordada, llena de esquinas que no doblaste, de puertas que no abriste, de conversaciones que no dejaste nacer. No es el terror a la muerte, no precisamente. Es algo más sutil, casi químico: la sensación de que la vida, en algún instante, dejó de ser una apuesta para volverse un catálogo. Juntaste horas, estaciones, silencios. Algunos arden todavía; otros se han vuelto ceniza sin llama. Lo que duele no es lo que elegiste, sino lo que imaginaste elegir y nunca sucedió. Aquellos planes que colgaban del techo, ingrávidos como nubes, y que un día se disolvieron sin lluvia. La ansiedad siempre fue una cómplice discreta. Te lanzaba hacia adelante, te recordaba que todo lo esencial siempre estaba a punto de ocurrir. Pero ahora la cuenta es otra: hay más ya andado que por andar. Y la ansiedad, sin su horizonte habitual, se repliega, se envenena. Se convierte en una melancolía al revés: no extrañás lo que viviste, sino lo que dejaste vivir sin vos. La ausencia como adelanto de la finitud. Algunos aseguran que a los cincuenta empieza la segunda parte. Bonita mentira. No hay partes, sólo una línea que se alarga o se quiebra. Lo único cierto es que ahora lo sabés, con una claridad casi indecente: el tiempo nunca fue esa reserva inagotable. Algunas ventanas, en efecto, ya no se abrirán. Pero hay un resquicio, mínimo y obstinado: la libertad de dejar de sumar. De caminar sin contabilizar los pasos. De mirar el reloj y encoger los hombros, porque al fin aceptás que nunca supiste qué hora marcaban esas malditas agujas, ni importaba...




EL RESCOLDO

     Un día cualquiera uno abre la puerta y afuera hay otra cosa. No es que las flores aparezcan de golpe ni que los pájaros se decidan a ca...